portada newsweek trabajadoras del hogarAlrededor de dos millones de mujeres son empleadas en casas mexicanas. Son una legión que duplica la plantilla de maestros de educación básica pero, a diferencia de ellos o de cualquier trabajador, carecen de prestaciones elementales como seguridad social, vacaciones pagadas y fondo de retiro. Llegan perseguidas por la pobreza y sin herramientas que les permitan una mínima defensa ante la explotación y el abuso, porque hasta la misma norma jurídica las discrimina. La Maestría en Periodismo y Asuntos Públicos del CIDE y Newsweek en Español presentan, con los auspicios de la Fundación Omidyar Network, esta investigación sobre una tema que, pese a su invisibilidad pública, forma parte de la intimidad cotidiana de nuestro país.

Por: Nancy Mejía

Durante casi treinta años María Magdalena de la Cruz Efigenia ahorró lo más que pudo de su salario como trabajadora en una casa de la Ciudad de México. Lavó pisos y ropa, cuidó de infantes y preparó desayunos, comidas y cenas hasta el final de los días. Tocada desde niña por la pobreza, desechó la idea de formar familia y enfocó su esfuerzo en un solo objetivo: construir una vivienda propia en su pueblo natal, Acanoa, en la Huasteca hidalguense. “Mi casa tiene muros de piedra; es de ocho por veinte metros cuadrados, con techo y piso de concreto”, la describe con orgullo.

La casa es un monumento al sacrificio de esta mujer de 53 años, cuya vida laboral inició a los 18 en una vivienda que ella misma ubica en el sur de la capital mexicana. Trabajó durante 28 años por una remuneración promedio de 3500 pesos mensuales. Con la idea fija de su casa, evitó comprarse ropa o comer en la calle a menos de que fuera absolutamente necesario.

“Lo logré porque siempre ahorré, ahorré y ahorré”, cuenta sobre la disciplina que adoptó. “Me sacrifiqué mucho: no me compraba ropa, sólo poquito, lo que podía. Y aguantaba hasta que ya se descoloría y me compraba otra. Aparte, la señora me compraba ropa. Ahí me ayudó de alguna manera. Por ejemplo, las navidades me regalaban ropa; me compraba pantalones, blusas, suéteres, chamarras. Sus familiares, por ejemplo su hermana, siempre me apoyó. También eso me ayudó a ahorrar mis centavos. No pagaba renta ni comida.”

María Magdalena se retiró del servicio doméstico en 2007, a los 45 años. Retornó al pueblo de donde escapó un día de junio de 1980, con ayuda de un “tío borrachín” que vivía en el Distrito Federal. Al volver se alojó en su vivienda de 160 metros cuadrados con piso de cemento, un factor que hoy podría colocarla fuera del rango de la pobreza, según los criterios del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL).

“No quise

[tener hijos] porque sufrí mucho en mi niñez”, dice María Magdalena en el relato de sus años idos. “Mi papá… somos cuatro hermanos y tres medios hermanos, más mi mamá y mi abuela, éramos diez. Y sólo él trabajaba en el campo. Crecimos descalzas, no conocíamos las sandalias en aquel tiempo. Veía a mi papá sufrir mucho. A veces comía una vez al día con tal de que nosotras comiéramos al menos dos veces porque no había [más]. Tenía que salir muy lejos para ganar maíz y traernos. Yo dije: Yo no quiero tener hijos así, sufriendo.”

Dentro del universo de 2 millones 134 000 trabajadores del hogar contabilizados por el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI), María Magdalena corrió con fortuna. No es ironía. El grado de discriminación laboral que sufren casi todas se confecciona desde los vacíos de la Ley Federal del Trabajo. Sin protección legal efectiva, la inmensa mayoría carece de acceso a servicios médicos, de vacaciones con goce de sueldo, de indemnizaciones o pagos por jornadas extras o sistema de pensión. Derechos básicos como la educación son, para ellas, prácticamente inaccesibles.

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